Al referirnos a la Estimulación Temprana, nos estamos refiriendo a la potencialización de las capacidades sensoriales, motoras, cognitivas y de socialización de nuestros hijos desde el momento del nacimiento, a través de un programa de actividades estructuradas de forma sistemática y basadas en una evaluación del desarrollo que determine sus necesidades, para poder acompañarlo de la manera más adecuada.

La Estimulación Temprana ayuda a desarrollar de manera armónica las capacidades del niño, brindándole la oportunidad de recibir estímulos necesarios aprovechando la gran plasticidad de su sistema nervioso, especialmente durante los tres primeros años de su vida.

Estos programas tienen tres vertientes: la terapéutica, dirigida a todos los niños que presentan alteraciones en su desarrollo por causas prenatales, perinatales o postnatales; la preventiva, utilizada en niños en los que se presume existe cierto riesgo de retraso madurativo; y la educativa, que se utiliza para favorecer el desarrollo de cualquier niño.

"Las estimulaciones provocadas durante los doce primeros meses de vida son las que tienen un impacto más notable sobre el desarrollo del cerebro infantil."

En 1993, Susan Ludington-Hoe, directora de la "Infant Stimulation Association of America", nos pide que sustituyamos antiguas creencias por nuevos descubrimientos que rompen con viejos paradigmas sobre el desarrollo humano:

Dentro del útero, el feto reacciona a la voz y a las pulsaciones cardíacas de la madre. Seis semanas antes de nacer, el feto puede utilizar de forma activa sus diversos sentidos: olfato, tacto, vista, oído y motricidad. Durante las dos horas tras el nacimiento, el recién nacido se encuentra en un estado de alerta más prolongado que durante los dos meses siguientes.

La Estimulación Temprana permite al bebé repetir sonidos y movimientos faciales desde su cuarto día de vida; reconoce una palabra a los nueve meses y es capaz de decir frases enteras antes de los dieciocho meses. Los bebés tienen una necesidad biológica de aprender. A los cinco meses de vida, el cerebro de un bebé se ha desarrollado ya en un 50%. Al año de edad, en un 70%. El primer año de vida comprende la fase más rápida de maduración cerebral.

Al hacernos conscientes de tan valiosos datos sobre el desarrollo neurológico del infante, y sabiendo el significado de la parte afectiva que se encuentra envuelta, los padres deben apropiarse de todas estas nuevas informaciones para que el desarrollo — esa zapata tan importante que debe ser colocada al principio de la vida de sus hijos — no quede al azar.